lavozdegalicia.es/ CARTAS AL DIRECTOR
Foto- Sandra Alonso
Soy cazador y no paso por maltratador
Ya son muchos los que acusan a los cazadores de maltratadores con los perros de caza. Pero estos laceros echan muy mal el lazo. Algunos de los que pluralizan, lo hacen para cazar votos. Otros, para cazar subvenciones. El no a la caza significa destruir miles de puestos de trabajo. Vehículos, remolques, vestimenta, armas, perros, control veterinario, casetas, cierres, agua, electricidad, licencias y demás papeleo, restaurantes, seguros… Infinidad de sectores comerciales y de servicios que mueven economía a través del mundo de la caza.
El no a la caza traería también la desaparición de muchas razas de perros. Y una pregunta: ¿qué haríamos con la superpoblación de jabalíes? Están generando un sinfín de accidentes en las carreteras, con muertes de personas incluidas. Invaden aldeas, pueblos, ciudades, atacando en ocasiones a perros y personas. ¿Cómo haríamos? ¿Colocar jaulas en todo el país? ¿Contratar empresas para atajar el problema? ¿Cuánto costaría a las arcas del Estado? La mejor solución son los cazadores. En cualquiera de las modalidades de caza, solucionarían de forma gratuita el problema del jabalí.
Por tanto, menos fanatismo, menos radicalismo. La buena economía pasa por sumar, permitir la caza en todas sus modalidades. La mala economía es la que reduce, congela, destruye. Es la de prohibir, no permitir, restar. Que el Gobierno central, el PSOE, el PP y Vox coincidan en la protección de los animales y en el sí a la caza es mejorar la economía del país, lo que deseamos la mayoría de los ciudadanos. José Martínez Folgar. Vigo.
Memoria histórica hipócrita
Con frecuencia se recuerdan supuestas brutalidades y masacres en la Guerra Civil por parte del bando nacional y del régimen posterior, pero nunca se mencionan los anteriores excesos de la izquierda desde la proclamación de la Segunda República: persecución religiosa, quema de iglesias y conventos; proceso revolucionario tutelado por los comunistas rusos; asesinatos y detenciones de personas de la derecha como José Antonio Primo de Rivera, finalmente fusilado en la cárcel de Alicante; el asesinato del conservador Calvo Sotelo y el intento del de otros líderes como Gil Robles o Goicoechea antes del inicio de la guerra, y que salvaron la vida por no hallarse donde les buscaron los milicianos.
Tampoco recuerdan, entre muchas, las masacres de oficiales en la base naval de Cartagena o el castillo de la Mola en Menorca; las personas obligadas a vivir como topos, ocultándose de la persecución en zonas dominadas por los milicianos del Frente Popular, como era Madrid; y la peor matanza de todo el conflicto, la de Paracuellos, donde fueron a parar miles de infortunados, cientos de ellos menores de edad. J. L. Gil Vázquez. Porriño.
