blogs.elconfidencial.com/ Milagros Marcos Ortega
Foto- (EFE/Archivo/Ramón Gabriel)
España necesita menos declaraciones de intenciones y más políticas rurales de verdad: fiscalidad diferenciada, infraestructuras de agua, vivienda asequible, guarderías, conectividad y crédito productivo
Cada 15 de octubre, los discursos institucionales se llenan de aplausos, flores y promesas. Se felicita a las mujeres rurales, esas heroínas invisibles que sostienen la mitad del territorio y buena parte de la producción alimentaria del país, mientras se les sigue negando casi todo lo que necesitan para vivir y trabajar con dignidad.
Europa nos recuerda que solo el 4,9% de las mujeres rurales son menores de 35 años (Eurostat, 2024). Es decir, estamos envejeciendo y masculinizando el campo, un cóctel perfecto para el abandono.
La ironía es amarga; en un país donde el 88% del territorio es rural, seguimos hablando de igualdad con la misma pasión con que se ignora la despoblación. El Gobierno presume de ser pionero en igualdad, crea ministerios, multiplica cargos y lanza campañas desde los despachos de las ciudades. Mientras tanto, en el mundo rural, una de cada cuatro mujeres trabaja sin contrato o sin cotización (MAPA, 2024); solo el 27% de las ayudas de la PAC llegan a mujeres, el empleo femenino en el sector agrario cae más de un 20%, y apenas el 25% de las personas ocupadas en el campo son mujeres. Es evidente que el feminismo institucional se siente más cómodo en los platós que en los pueblos, por eso consienten que desaparezcan los cajeros automáticos, promueven que se anulan paradas de tren, hacen leyes para poder liquidar tres de cada cuatro paradas de autobús, cierran cuarteles de la Guardia Civil o permiten que aún haya pueblos sin conexión a internet.
Mientras, vemos ministros contratando mujeres prostituidas con dinero público, leyes que dejan en la calle a violadores reduciendo sus condenas y contratos para dispositivos de protección a víctimas de violencia de género publicitados como ejemplo de compromiso que acabaron envueltos en polémicas por su opacidad y deficiente control técnico.
Pero para aprovechar ese talento, España necesita menos declaraciones de intenciones y más políticas rurales de verdad: fiscalidad diferenciada, infraestructuras de agua, vivienda asequible, guarderías, conectividad y crédito productivo, ¿falta fondos para ello? no, falta de compromiso político. Los más de 163.000 millones de euros de fondos europeos que podrían haberse destinado a financiar el desarrollo rural, modernizar y hacer más competitiva la economía de nuestros pueblos, se han desperdiciado. De hecho, a un año de que finalice el plazo de ejecución, hemos visto cómo se han diluido entre burocracia, oscurantismo e ideología, sin llegar a ser el motor económico para el que nos los prestaron los socios europeos, a quienes se los tendremos que devolver.
El feminismo real no necesita pancartas, sino políticas útiles. Las verdaderas feministas del campo son las que madrugan para ordeñar, las que sostienen explotaciones familiares, las que piden crédito para montar una quesería o teletrabajan desde su pueblo. No piden flores ni banderas: piden respeto, seguridad y oportunidades a un Gobierno que presume de feminista, pero al que aún le queda mucho que aprender del silencio digno y del trabajo incansable de las mujeres rurales.
*Milagros Marcos Ortega, diputada del Partido Popular.
